De la recopilación de artículos de mi baúl electrónico ..... Este data alrededor del año 2005, a los 10 años de la entrada en vigor de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales, como os decía, trágicamente no pierde vigencia a pesar de su antigüedad.
En esta ocasión Gregorio Benito lo firma con Ángel Cárcoba, otro gran activista de la Salud laboral y uno de los culpables, sino el que más entre otras cosas, de la prohibición del uso y comercialización, del mayor de los asesinos modernos "El amianto"
Los muertos de cada día o lo cotidiano como catástrofe
Pa´qué queremos los dineros
Que ganamos en la Mina
Yo gastármelos prefiero
Aunque muera en la ruina
Canta Camarón
Acaban de cumplirse diez años de la entrada en vigor de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales en nuestro país y para no caer en el error de análisis puntuales que no nos dejan ver el bosque o interpretaciones interesadas de unos u otros por justificarse moralmente en un tema tan necesitado de “justificación”, nos limitamos a transcribir cifras oficiales, que se pueden obtener a través de la página web del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales.
Pueden y deben realizarse análisis estadísticos más complejos que nos permitan conocer las múltiples causas y por tanto las actuaciones a llevar a cabo para reducir la siniestralidad. Pero hoy deseamos, sencillamente, exponer la realidad desnuda de estos 10 últimos años en materia de accidentes de trabajo y enfermedades profesionales, sin desviar la atención del sufrimiento humano que ha producido, sigue produciendo y que podemos percibir aún a cierta distancia, la actividad de los trabajadores sobre la que se levanta toda la riqueza del país.
Según la OIT, las muertes relacionadas con el trabajo en el mundo superan los dos millones cada año. Es decir, 6.000 obreros muertos al día, 251 muertos cada hora y cada minuto 4 trabajadores pierden la vida por ir a buscar un salario.
En España se han registrado oficialmente cerca de 15.000 muertos y 135.000 heridos graves en accidentes de trabajo a lo largo de los 10 últimos años, que se concentran casi exclusivamente en una reducida población de riesgo, caracterizada, además, por una amplia gama de discriminaciones y/o desigualdades sociales y laborales: modalidades de contratación, grupo ocupacional, sector de actividad, dimensión de empresa, etc. Unidas a características de clase social, formación, edad, sexo y procedencia migratoria.
Sin olvidar que la propia OIT multiplica por 6 ó 7 las victimas mortales del trabajo, para incluir las originadas por enfermedades relacionadas y no registradas oficialmente. En nuestro país la ocultación y el subregistro son evidentes.
Los poderes públicos y sobre todo los empresarios, les deben una explicación a estas víctimas y a sus familias, que sea algo muy distinto de actos protocolarios, jornadas, premios, aniversarios o “satisfacciones por lo conseguido”. Mientras el bullicio y la parafernalia se expanden los más dolidos y las víctimas esperan un milagro. Las cifras del sufrimiento nos plantean el dilema de dónde ha estado la ley y donde ha estado el delito en los diez años pasados. ¿Dónde situamos los límites a la libertad empresarial y de mercado?
La muerte en el trabajo se corresponde con los beneficios obtenidos por “empresas de prevención” que han convertido la salud de los trabajadores en un gran negocio. En contradicción con el nuevo y más correcto enfoque preventivo de la nueva normativa, la prevención se mercantiliza y la reparación se mantiene dentro de la actividad pública. Los “nuevos yacimientos de negocio” para emprendedores.
En estos últimos años se han incrementado de forma extraordinaria los recursos económicos dedicados a la prevención por parte del Estado y de las CC.AA. y para ello basta con hacer un recorrido por los presupuestos de la Fundación para la Prevención de Riesgos Laborales y los programas presupuestarios de todas las CC.AA. Da la sensación de que en esto pasa como con la ayuda del primer mundo a las victimas y afectados de las catástrofes naturales: al afectado real le llega una cantidad mínima, el resto se queda por el camino. Además todas las actividades de prevención deberían ser sufragadas por el empresario no por los ciudadanos.
Ante tanta enfermedad y muerte en el trabajo es necesario llegar a la caja negra para averiguar las causas verdaderas de los homicidios blancos que dicen los italianos y que los ingleses llaman asesinatos de corporación.
El incumplimiento de la Legislación por parte de los empresarios es algo tan generalizado y tan escandaloso que basta con ver los datos de la propia Inspección de Trabajo. En los últimos diez años este organismo levantó más de medio millón de actas de infracción por incumplimiento de normas de salud y seguridad e impuso sanciones por valor de casi 1.300 millones de euros La mayoría de estas sanciones son recurridas, no se recaudan y aquí no pasa nada. Por tal motivo creemos que urge la aplicación a los empresarios infractores del principio “primero paga y después reclama” que se aplica en los países con tasas de siniestralidad más bajas de la UE y de la aplicación del código penal que conduzca a prisión a los responsables de tantas muertes.
De lo contrario seguiremos asistiendo al escándalo social que supone la insumisión permanente a la ley, por parte de un colectivo muy especial de españoles, en medio del silencio de los corderos. ¿Qué pasó con los accidentes múltiples ocurridos en Repsol-Puertollano, en Burgos, en Ferrol, en Vallecas, en Granada…? “Exigimos la apertura de investigaciones hasta las últimas consecuencias”, se dijo por parte de unos y otros. Siempre la misma historia que sabemos como termina: el olvido y silencio absoluto
¿Para qué más inspectores si las sanciones no se cumplen?.¿Se imaginan cuántas actividades preventivas y de protección social y económica a las víctimas se podrían realizar con las sanciones impuestas a los empresarios en los últimos 10 años?. No hay justificación ética ni económica de tanto sufrimiento, de tanta enfermedad y muerte a cambio de un salario.
Pero en esta sociedad todo lo que moleste al mercado, a la libertad de empresa, o sea a la libertad de explotación, hay que reducirlo y si es posible eliminarlo. Todo ello para no poner trabas al crecimiento económico……….. de las grandes fortunas.
Uno de los sectores, con personajes de moda, más “tocado” por la fortuna es el de la construcción. Fortuna conseguida a través del maridaje de determinados empresarios con políticos de todos los colores y niveles y el endeudamiento de por vida de los jóvenes. Coincide con ser el sector con mayor accidentalidad y mortalidad laboral. Más contratos precarios, más jóvenes, más inmigrantes, más subcontratación, más fraude social, etc.
Pero los problemas se resuelven en los Palcos Presidenciales de los grandes clubs de futbol, durante “trascendentales” acontecimientos deportivos. En animada conversación, o en un lugar retirado, las cámaras nos han acostumbrado a la sorprendente constatación de la convergencia de políticos, sindicalistas y beneficiarios de sonadas recalificaciones urbanísticas. Lugares adecuados a la concertación y al consenso, interclasistas y lejos del tajo y de tensiones sociales innecesarias.
Los impresionantes resultados en beneficios de las grandes constructoras de nuestro país y las rápidas fortunas amasadas en los últimos años permiten acallar conciencias de unos pero no evitar accidentes y dolor de otros. Consienten aquellos a los que hemos elegido para no consentir.
Al “pelotazo” de los años 80-90 ha sucedido el “ladrillismo” de los 2000 y en esa carrera oscura hacia la degradación social se han incorporado personajes de opereta, que no deben hacernos olvidar a los que detrás de las bambalinas, consienten, estimulan y extienden la conciencia del “todo vale”.
A pesar de esa cultura, hoy hegemónica, que pretende que aceptemos esos hechos como fruto de la casualidad y no de la causalidad, los trabajadores negamos esa tradición cultural y construimos, y exigimos de la sociedad, la construcción de otra cultura. Una cultura de la honestidad y la dignidad social e individual.
Una cultura que anteponga el descanso, el ocio y el tiempo familiar y social a la intensificación de la actividad laboral, a las jornadas laborales excesivas o imposibles, al trabajo bajo presión permanente, a la inseguridad. Una cultura que anteponga la vida a la muerte. Una cultura de la solidaridad y el compañerismo frente al acosador consentido, frente a una gestión empresarial incompetente y “tóxica”.
Esa cultura existe y se ha construido con la lucha de los trabajadores. La permanente de los mineros contra los siniestros y la silicosis, por el adelanto de la edad de jubilación en trabajos penosos e insalubres, la de los pescadores, albañiles, jornaleros, etc. Es la cultura de la huelga ante el accidente, la del compañerismo y la solidaridad, la de los socorros mutuos, la de la explosión revolucionaria. La de la larga lucha por la jornada de ocho horas, la del reivindicativo y festivo 1º de Mayo.
Si el Estado liberal se vio obligado a romper, muy a pesar suyo, con su sagrado principio de no intervención, fue por las desastrosas condiciones de vida y trabajo que generó la revolución industrial y la respuesta obrera a esas condiciones. El Derecho Social, el Derecho del Trabajo, tiene sus orígenes en leyes promulgadas en materia de seguridad e higiene en el trabajo de los niños y las mujeres, que luego se irán extendiendo a las prestaciones sanitarias y económicas, con motivo de la pérdida de la salud de los obreros industriales.
Todo ello conducirá, siempre con luchas, a los seguros sociales, a la Seguridad Social, a los derechos sociales y al derecho a la vida y a la salud de los trabajadores y trabajadoras, que hoy, universalizados, conforman los derechos fundamentales del Estado social y democrático de Derecho en el que basa su legitimidad el Estado contemporáneo. Pero recordemos que nunca nada se nos ha dado gratis a los trabajadores.
Construcción
“Subió a la construcción como si fuera máquina
levantó el nivel de cuatro paredes sólidas
Ladrillo con ladrillo en un diseño mágico
Sus ojos embotados de cemento y lágrima
Sentose a descansar como si fuera sábado
Comió frejol y arroz como si fuera un príncipe
Bebió y disfrutó como si oyera música
Y tropezó en el cielo como si fuera un bebedor
Y acabó en el suelo hecho un paquete flácido
Agonizó en medio del paseo público
Murió a contramano dificultando el tráfico”
(Chico Bouarque)
Angel Cárcoba y Gregorio Benito
Pa´qué queremos los dineros
Que ganamos en la Mina
Yo gastármelos prefiero
Aunque muera en la ruina
Canta Camarón
Acaban de cumplirse diez años de la entrada en vigor de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales en nuestro país y para no caer en el error de análisis puntuales que no nos dejan ver el bosque o interpretaciones interesadas de unos u otros por justificarse moralmente en un tema tan necesitado de “justificación”, nos limitamos a transcribir cifras oficiales, que se pueden obtener a través de la página web del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales.
Pueden y deben realizarse análisis estadísticos más complejos que nos permitan conocer las múltiples causas y por tanto las actuaciones a llevar a cabo para reducir la siniestralidad. Pero hoy deseamos, sencillamente, exponer la realidad desnuda de estos 10 últimos años en materia de accidentes de trabajo y enfermedades profesionales, sin desviar la atención del sufrimiento humano que ha producido, sigue produciendo y que podemos percibir aún a cierta distancia, la actividad de los trabajadores sobre la que se levanta toda la riqueza del país.
Según la OIT, las muertes relacionadas con el trabajo en el mundo superan los dos millones cada año. Es decir, 6.000 obreros muertos al día, 251 muertos cada hora y cada minuto 4 trabajadores pierden la vida por ir a buscar un salario.
En España se han registrado oficialmente cerca de 15.000 muertos y 135.000 heridos graves en accidentes de trabajo a lo largo de los 10 últimos años, que se concentran casi exclusivamente en una reducida población de riesgo, caracterizada, además, por una amplia gama de discriminaciones y/o desigualdades sociales y laborales: modalidades de contratación, grupo ocupacional, sector de actividad, dimensión de empresa, etc. Unidas a características de clase social, formación, edad, sexo y procedencia migratoria.
Sin olvidar que la propia OIT multiplica por 6 ó 7 las victimas mortales del trabajo, para incluir las originadas por enfermedades relacionadas y no registradas oficialmente. En nuestro país la ocultación y el subregistro son evidentes.
Los poderes públicos y sobre todo los empresarios, les deben una explicación a estas víctimas y a sus familias, que sea algo muy distinto de actos protocolarios, jornadas, premios, aniversarios o “satisfacciones por lo conseguido”. Mientras el bullicio y la parafernalia se expanden los más dolidos y las víctimas esperan un milagro. Las cifras del sufrimiento nos plantean el dilema de dónde ha estado la ley y donde ha estado el delito en los diez años pasados. ¿Dónde situamos los límites a la libertad empresarial y de mercado?
La muerte en el trabajo se corresponde con los beneficios obtenidos por “empresas de prevención” que han convertido la salud de los trabajadores en un gran negocio. En contradicción con el nuevo y más correcto enfoque preventivo de la nueva normativa, la prevención se mercantiliza y la reparación se mantiene dentro de la actividad pública. Los “nuevos yacimientos de negocio” para emprendedores.
En estos últimos años se han incrementado de forma extraordinaria los recursos económicos dedicados a la prevención por parte del Estado y de las CC.AA. y para ello basta con hacer un recorrido por los presupuestos de la Fundación para la Prevención de Riesgos Laborales y los programas presupuestarios de todas las CC.AA. Da la sensación de que en esto pasa como con la ayuda del primer mundo a las victimas y afectados de las catástrofes naturales: al afectado real le llega una cantidad mínima, el resto se queda por el camino. Además todas las actividades de prevención deberían ser sufragadas por el empresario no por los ciudadanos.
Ante tanta enfermedad y muerte en el trabajo es necesario llegar a la caja negra para averiguar las causas verdaderas de los homicidios blancos que dicen los italianos y que los ingleses llaman asesinatos de corporación.
El incumplimiento de la Legislación por parte de los empresarios es algo tan generalizado y tan escandaloso que basta con ver los datos de la propia Inspección de Trabajo. En los últimos diez años este organismo levantó más de medio millón de actas de infracción por incumplimiento de normas de salud y seguridad e impuso sanciones por valor de casi 1.300 millones de euros La mayoría de estas sanciones son recurridas, no se recaudan y aquí no pasa nada. Por tal motivo creemos que urge la aplicación a los empresarios infractores del principio “primero paga y después reclama” que se aplica en los países con tasas de siniestralidad más bajas de la UE y de la aplicación del código penal que conduzca a prisión a los responsables de tantas muertes.
De lo contrario seguiremos asistiendo al escándalo social que supone la insumisión permanente a la ley, por parte de un colectivo muy especial de españoles, en medio del silencio de los corderos. ¿Qué pasó con los accidentes múltiples ocurridos en Repsol-Puertollano, en Burgos, en Ferrol, en Vallecas, en Granada…? “Exigimos la apertura de investigaciones hasta las últimas consecuencias”, se dijo por parte de unos y otros. Siempre la misma historia que sabemos como termina: el olvido y silencio absoluto
¿Para qué más inspectores si las sanciones no se cumplen?.¿Se imaginan cuántas actividades preventivas y de protección social y económica a las víctimas se podrían realizar con las sanciones impuestas a los empresarios en los últimos 10 años?. No hay justificación ética ni económica de tanto sufrimiento, de tanta enfermedad y muerte a cambio de un salario.
Pero en esta sociedad todo lo que moleste al mercado, a la libertad de empresa, o sea a la libertad de explotación, hay que reducirlo y si es posible eliminarlo. Todo ello para no poner trabas al crecimiento económico……….. de las grandes fortunas.
Uno de los sectores, con personajes de moda, más “tocado” por la fortuna es el de la construcción. Fortuna conseguida a través del maridaje de determinados empresarios con políticos de todos los colores y niveles y el endeudamiento de por vida de los jóvenes. Coincide con ser el sector con mayor accidentalidad y mortalidad laboral. Más contratos precarios, más jóvenes, más inmigrantes, más subcontratación, más fraude social, etc.
Pero los problemas se resuelven en los Palcos Presidenciales de los grandes clubs de futbol, durante “trascendentales” acontecimientos deportivos. En animada conversación, o en un lugar retirado, las cámaras nos han acostumbrado a la sorprendente constatación de la convergencia de políticos, sindicalistas y beneficiarios de sonadas recalificaciones urbanísticas. Lugares adecuados a la concertación y al consenso, interclasistas y lejos del tajo y de tensiones sociales innecesarias.
Los impresionantes resultados en beneficios de las grandes constructoras de nuestro país y las rápidas fortunas amasadas en los últimos años permiten acallar conciencias de unos pero no evitar accidentes y dolor de otros. Consienten aquellos a los que hemos elegido para no consentir.
Al “pelotazo” de los años 80-90 ha sucedido el “ladrillismo” de los 2000 y en esa carrera oscura hacia la degradación social se han incorporado personajes de opereta, que no deben hacernos olvidar a los que detrás de las bambalinas, consienten, estimulan y extienden la conciencia del “todo vale”.
A pesar de esa cultura, hoy hegemónica, que pretende que aceptemos esos hechos como fruto de la casualidad y no de la causalidad, los trabajadores negamos esa tradición cultural y construimos, y exigimos de la sociedad, la construcción de otra cultura. Una cultura de la honestidad y la dignidad social e individual.
Una cultura que anteponga el descanso, el ocio y el tiempo familiar y social a la intensificación de la actividad laboral, a las jornadas laborales excesivas o imposibles, al trabajo bajo presión permanente, a la inseguridad. Una cultura que anteponga la vida a la muerte. Una cultura de la solidaridad y el compañerismo frente al acosador consentido, frente a una gestión empresarial incompetente y “tóxica”.
Esa cultura existe y se ha construido con la lucha de los trabajadores. La permanente de los mineros contra los siniestros y la silicosis, por el adelanto de la edad de jubilación en trabajos penosos e insalubres, la de los pescadores, albañiles, jornaleros, etc. Es la cultura de la huelga ante el accidente, la del compañerismo y la solidaridad, la de los socorros mutuos, la de la explosión revolucionaria. La de la larga lucha por la jornada de ocho horas, la del reivindicativo y festivo 1º de Mayo.
Si el Estado liberal se vio obligado a romper, muy a pesar suyo, con su sagrado principio de no intervención, fue por las desastrosas condiciones de vida y trabajo que generó la revolución industrial y la respuesta obrera a esas condiciones. El Derecho Social, el Derecho del Trabajo, tiene sus orígenes en leyes promulgadas en materia de seguridad e higiene en el trabajo de los niños y las mujeres, que luego se irán extendiendo a las prestaciones sanitarias y económicas, con motivo de la pérdida de la salud de los obreros industriales.
Todo ello conducirá, siempre con luchas, a los seguros sociales, a la Seguridad Social, a los derechos sociales y al derecho a la vida y a la salud de los trabajadores y trabajadoras, que hoy, universalizados, conforman los derechos fundamentales del Estado social y democrático de Derecho en el que basa su legitimidad el Estado contemporáneo. Pero recordemos que nunca nada se nos ha dado gratis a los trabajadores.
Construcción
“Subió a la construcción como si fuera máquina
levantó el nivel de cuatro paredes sólidas
Ladrillo con ladrillo en un diseño mágico
Sus ojos embotados de cemento y lágrima
Sentose a descansar como si fuera sábado
Comió frejol y arroz como si fuera un príncipe
Bebió y disfrutó como si oyera música
Y tropezó en el cielo como si fuera un bebedor
Y acabó en el suelo hecho un paquete flácido
Agonizó en medio del paseo público
Murió a contramano dificultando el tráfico”
(Chico Bouarque)
Angel Cárcoba y Gregorio Benito
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